¿Cuánto tiempo podemos devolverle a un estudiante?
Por Grecia Zegarra, estudiante de Administración de la Universidad del Pacífico
Para muchos estudiantes universitarios en Lima, el primer desafío del día no siempre está en el salón de clases, sino en llegar a él.
Salir con anticipación, revisar Waze, calcular qué ruta estará menos congestionada y asumir que una parte del día se irá entre semáforos, bocinas y avenidas llenas. Yo también lo vivo.
Y no es solamente una percepción: según el Traffic Index 2025 de TomTom, un conductor en Lima perdió alrededor de 195 horas en el tráfico durante las horas punta del año, equivalentes a más de ocho días completos.
Pocas veces nos detenemos a pensar en algo sencillo: el verdadero costo de estudiar en Lima no está únicamente en la pensión universitaria. También está en el tiempo que la ciudad le exige al estudiante.
En Lima, la distancia no siempre se mide en kilómetros. Muchas veces se mide en horas.
Hagamos la cuenta. Según la ATU, un viaje promedio en Lima y Callao dura alrededor de 55 minutos. Ida y vuelta, son casi dos horas al día. Si ese estudiante pudiera vivir a diez minutos caminando de su universidad, recuperaría aproximadamente hora y media diaria. Si asistiera cinco días por semana durante un ciclo de 16 semanas, serían unas 120 horas.
No todos los estudiantes tienen los mismos horarios ni recorren las mismas distancias, pero el ejercicio permite dimensionar algo que solemos pasar por alto: cuánto tiempo podría recuperar una persona simplemente viviendo más cerca de donde estudia.
Durante mi intercambio en Londres viví en una residencia cerca de mi universidad. No volví pensando en copiar un modelo extranjero, sino mirando distinto un problema que ya conocía: vivir cerca era tener más tiempo para estudiar, descansar y aprovechar la universidad.
¿Qué pasaría si pensáramos la vivienda estudiantil como parte de la infraestructura educativa?
Evidentemente, vivir cerca del campus no será una alternativa para todos. Pero la pregunta cobra especial sentido para quienes ya necesitan buscar una vivienda para estudiar, como muchos jóvenes que llegan a Lima desde otras regiones.
Para ellos, estudiar también implica dejar a su familia, encontrar dónde vivir, aprender a movilizarse por una ciudad nueva y administrar un presupuesto distinto.
En ese contexto, dónde vivir no es simplemente una decisión inmobiliaria. Es parte de la experiencia educativa. Y para quien de todas maneras necesita alquilar una vivienda, la pregunta cambia: no es solamente cuánto cuesta, sino cuánto tiempo, seguridad y calidad de vida puede devolverle ese gasto.
La evidencia internacional sugiere que esa diferencia puede importar. En Estados Unidos, un estudio con datos nacionales encontró que vivir en residencias del campus incrementó en 3.3 puntos porcentuales la probabilidad de pasar al segundo año. En Países Bajos, otra investigación encontró una relación entre mayores tiempos de viaje, menor presencia en el campus y resultados académicos más bajos.
Naturalmente, Lima tiene una realidad distinta. Pero estos estudios plantean una pregunta que vale la pena explorar: ¿qué impacto podría tener la cercanía en la experiencia universitaria de nuestros estudiantes?
La ciudad ya ha tenido algunos intentos de desarrollar este mercado. En 2018, MoDO fue presentado como una residencia estudiantil ubicada junto a la PUCP y como una alternativa de inversión inmobiliaria. Más que demostrar que el modelo ya está resuelto en Lima, experiencias como esta muestran que existe un espacio todavía poco explorado.
Hace poco, una conferencia de CODIP me llevó a mirar el problema también desde el lado de quienes podrían hacer posible esta oferta. Porque una solución de este tipo no depende solamente de los desarrolladores.
¿Qué pasaría si universidades y desarrolladores diseñaran estos proyectos juntos? ¿Si el sector financiero encontrara mecanismos para hacerlos viables? ¿O si las empresas incorporaran soluciones de alojamiento dentro de sus programas de apoyo educativo?
Una universidad invierte en profesores, aulas, bibliotecas, laboratorios y tecnología. Pero para aprovechar todo ello, el estudiante necesita otro recurso igual de valioso: tiempo.
Y quizá allí esté la pregunta que universidades, empresas, desarrolladores, bancos y líderes deberíamos empezar a hacernos: ¿cuánto tiempo podemos devolverle a un estudiante?

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