
Vivir hoy en el Perú es intentar mantener el equilibrio en medio de una tormenta perfecta. Entre un fenómeno de El Niño que ya castiga con inundaciones y cortes de vías en Piura y Arequipa, el desabastecimiento de gas natural y el alza de la gasolina por una guerra en Irán que nos golpea el bolsillo, la sensación térmica es de crisis total. Sin embargo, si uno levanta la mirada hacia los centros financieros del mundo, el panorama cambia drásticamente. El Bank of America (BofA) acaba de publicar un informe con un optimismo que, para quien hoy hace cola por combustible o limpia el lodo de su casa, resulta difícil de creer: han elevado nuestra proyección de crecimiento al 3.8% para este año y a un impresionante 4.5% para el 2027.
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¿Cómo se explica esta fe ciega desde el exterior? No es una alucinación de los analistas, sino una lectura de nuestras fortalezas que a veces nosotros mismos olvidamos por el ruido cotidiano. El Perú se ha convertido en una verdadera potencia exportadora de bienes, superando incluso a Argentina en volumen de envíos al mundo. No solo brillan los metales como el cobre y el oro –que hoy actúan como nuestro escudo financiero ante el conflicto global–, sino que nuestras frutas, como los arándanos y las uvas, ya lideran el mercado por encima de Chile. Somos un país que, en el papel de las aduanas, está en su mejor momento.
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Pero esa es solo la mitad de la fotografía. El BofA destaca que la inversión privada se fortalece y que el consumo interno resiste, pero ese “círculo virtuoso” financiero choca contra una realidad social que no sabe de proyecciones. El optimismo de Wall Street se basa en que los cinco candidatos que lideran las encuestas no representan una amenaza para el modelo económico. Sin embargo, esa tranquilidad técnica ignora el hartazgo de millones de peruanos que, más allá de quién gane, sufren una inseguridad ciudadana que desborda, una salud pública desabastecida y una educación que no prepara para el futuro.
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Es cierto que el Perú tiene motores económicos envidiables y una resiliencia que sorprende al mundo. Que el tipo de cambio sea uno de los más sólidos y que las empresas sigan confiando a pesar de las próximas elecciones es una excelente noticia que debemos valorar. Pero la lección que no terminamos de aprender es que la macroeconomía no es un fin en sí mismo. De nada sirve ser el cuarto exportador de la región si el Estado es incapaz de poner un policía en la esquina o un médico en la posta.
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Para millones de peruanos, ese 4.5% de crecimiento suena a idioma extranjero cuando la inseguridad ciudadana te obliga a vivir encerrado, cuando la educación pública sigue siendo una promesa incumplida y cuando atenderse en un hospital del Estado es una carrera de obstáculos. La economía peruana es una medalla con dos caras: una brilla en las pantallas de Bloomberg con superávit comercial récord, mientras la otra está empañada por la desconfianza hacia un sistema que no logra transformar esa riqueza en bienestar básico.
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Debemos recibir estos aires de optimismo externo como una oportunidad, no como un consuelo. El cobre y los arándanos nos brindan los recursos para ser un país desarrollado, pero la política y la gestión pública nos mantienen en el subdesarrollo. Si no logramos que ese crecimiento se traduzca en calles seguras y servicios dignos, el optimismo de los bancos seguirá siendo un titular de prensa mientras el ciudadano sigue lidiando solo contra la tormenta.
Omar Mariluz es periodista.








