
Toda inversión se sustenta en la promesa de quien la busca. Si yo decido comprar un departamento que aún está en planos, lo hago confiando en que, luego de un tiempo, podré vivir o alquilar el espacio en mi beneficio. Si elijo participar como financista de un negocio, lo hago esperando que el día de mañana me genere retornos. En todos los casos, sin embargo, se asume un riesgo y el desembolso inicial se basa, en buena medida, en la confianza que nos inspira la persona o empresa con la que estamos transando.
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Esto es exactamente lo que ocurre, aunque en una escala mayor, cuando uno invierte en las acciones de una compañía en la bolsa de valores. Uno está ponderando el rendimiento futuro de una organización o industria basándose en la promesa –que puede venir directamente de esta o de las circunstancias del sector– de que mañana valdrá más que hoy. En este contexto, algunas decisiones suponen más riesgo que otras: el mercado ofrece opciones más “predecibles” para inversionistas que prefieren ser cautos (el S&P 500 ha demostrado históricamente generar ganancias en el largo plazo), pero también ofrece algunas que en sus prospectos plantean aspiraciones propias de la ciencia ficción.
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Este es exactamente el caso de SpaceX, que en junio protagonizó el IPO más grande de la historia: recaudó US$ 75,000 millones a una valorización de US$ 1.77 billones, casi el triple del récord anterior de Saudi Aramco.

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La empresa de Elon Musk, además de basar su “promesa” de negocio en lo que su firma ya logró –una división de conectividad satelital (Starlink) que opera rentablemente y un contrato con Google por aproximadamente US$ 920 millones mensuales para proveer capacidad de cómputo vinculada a inteligencia artificial (IA)–, también lo hace en lo que puede describirse, sin temor a exagerar, como el plan de negocios más ambicioso (y especulativo) de nuestro tiempo: la construcción de data centers orbitales, alimentados por paneles solares expuestos directamente al Sol, capaces de absorber la demanda que generará la IA, y un eventual proceso de industrialización lunar e interplanetaria que incluye asentamientos humanos en la Luna y en Marte (una meta con la que el propio prospecto es claro al decir que requerirá tecnologías que aún no han sido probadas).
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En ese sentido, los riesgos en torno a SpaceX provienen de dos fuentes de incertidumbre. Tienen que ver, por un lado, con la capacidad de Musk de materializar el primer peldaño de su visión espacial: los data centers orbitales. Por otro, con la medida en la que la IA, como pretendida fuente de mayor productividad y rentabilidad para individuos y empresas, llega a cumplir su potencial y a justificar la brutal demanda por infraestructura que hoy genera.
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La importancia de este IPO, en términos de la historia de la IA, reside en este último punto. Se trata, por el momento –considerando que en los próximos meses veremos a empresas como Anthropic y OpenAI lanzar sus propias ofertas públicas–, de la primera gran salida a bolsa de una nueva camada de compañías montadas sobre el boom de la IA. Y no es casualidad que esta se sustente en lo que hoy es el principal motor de esta fiebre: la infraestructura (chips, data centers, energía y conectividad). Es decir, hoy el dinero está yendo a las vías del tren, no a los trenes.
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No hay manera de predecir lo que pasará mañana. Y aunque la visión de Musk se haya comprobado en otras de sus empresas (no por nada es el hombre más rico del mundo), la historia aconseja prudencia: que una tecnología sea el futuro no significa que rendirá al nivel que los inversionistas de hoy esperan.
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La fiebre de los ferrocarriles en Gran Bretaña en el siglo XIX se basó en la acertada visión de que la economía de ese país descansaría sobre los trenes, pero quienes se involucraron con ellos a gran escala registraron pérdidas brutales: la red se construyó y cambió al país para siempre, mientras las acciones, tras tocar su techo en 1845, se desplomaban cerca de 65% hacia 1850. Sin ir muy lejos, veamos la génesis de internet como lo conocemos: la tecnología era real (y hoy no tenemos dudas de su trascendencia), pero el precio que se pagó por ella no y el Nasdaq terminó cayendo cerca de 78% desde su pico del año 2000.
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La euforia en torno a la IA tiene sentido. Como también la tiene el entusiasmo por la nueva aventura empresarial de Musk. Y es natural que el mercado esté moviendo sus fichas como lo está haciendo. Pero la verdad es que nadie sabe hasta qué punto (y cuándo) la realidad se alineará con este boom. SpaceX es apenas el comienzo: detrás vienen las otras grandes empresas del sector (OpenAI y Anthropic, por ejemplo) y una serie de colocaciones que pondrá a prueba la capacidad del mercado para absorber (y ponerle precio) a la mayor demanda de capital de nuestro tiempo. Y esa es la conversación que debemos tener.
Galantino Gallo es CEO de Credicorp Capital.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







