La ONPE y el JNE no gozan ni de simpatía ni de confianza. Pero, lamentablemente, de ellos depende el éxito o el fracaso de la jornada del domingo. Solo queda pedirle a Dios que hagan bien su trabajo. (Foto: ONPE)
La ONPE y el JNE no gozan ni de simpatía ni de confianza. Pero, lamentablemente, de ellos depende el éxito o el fracaso de la jornada del domingo. Solo queda pedirle a Dios que hagan bien su trabajo. (Foto: ONPE)

En la última semana, las actividades de quienes aspiran a llegar a la Presidencia se han intensificado, como si el debate presidencial hubiera marcado la largada de la carrera.

Ese debate, nuevamente, como en la primera vuelta con la mayoría de candidatos, desnudó los errores y las debilidades de Keiko Fujimori y de Roberto Sánchez, más que ofrecernos lo mejor de ellos, o, por lo menos, una ilusión que nos contagie, o una visión que podamos compartir y seguir. Nada de eso, ni una frase para repetir.

De ahí en adelante, cada uno utiliza todas las herramientas y los recursos que pueden para conseguir pocos o muchos votos. Uno cambia su plan de gobierno a última hora y presenta aliados de todas las camisetas como si fueran figuritas del álbum del mundial; y la otra parte cancela plenos para evitar el arrinconamiento, y va a las aulas de una universidad privada a pedirle a los alumnos sus votos.

En la tribuna, los partidarios de ambos lados están ansiosos y buscan cualquier elemento del rival que pueda ser utilizado en su contra. Los electores indecisos, independientes o ajenos a la confrontación también están especialmente nerviosos, más que en otros procesos electorales.

Vamos a elegir con la misma actitud que han exhibido Keiko Fujimori y Roberto Sánchez durante esta campaña de segunda vuelta: a la defensiva, para contener al enemigo, para impedir que el otro o la otra se dispare y gane. Nuevamente el país partido por la mitad, y unos contra otros.

De hoy viernes al domingo la situación estará bien tensa, con supuestos trackings que cada uno acomoda según su ubicación política, y versiones de influencers o “líderes de opinión” que dicen tener “la última” porque, según ellos o ellas, hablaron con fulano o mengana que les contó lo que nadie sabe.

Sí es verdad que hay versiones recientes y verídicas de simulacros encargados por empresas privadas que van a circular en nuestros celulares. Y de empresas confiables. Pero, aun con todo el profesionalismo y la responsabilidad de esas muy pocas buenas empresas encuestadoras, las posibilidades de que el resultado pueda sufrir algunas variaciones de aquí al domingo no son pocas. Porque, además, muchas cosas pueden pasar en estas últimas horas, desde errores o silencios hasta “misiles” que sí puedan hacer daño al enemigo o a sí mismos.

Recordemos lo que pasó hace apenas un mes y medio, cuando los simulacros y resultados del día sábado no coincidieron, en el orden, con lo que pasó al final, aunque estuvieron cerca o dentro del empate técnico.

El voto oculto, escondido o “vergonzante” va a ser determinante. Y muchas veces esa categoría no la registran las encuestas, por más buen trabajo de campo que hagan. La gran duda es a quien le favorece más. ¿Usted le cree a su vecino o a su familiar cuando le responde que aún no sabe por quién va a votar?

Otro factor importante va a ser el desplazamiento de los candidatos en las últimas horas, desde lo que ocurrió ayer en el cierre de campaña, incluido el famoso “desayuno” electoral, hasta el momento de la votación.

Lo que digan las redes desde este momento, y los partidarios de ambos bandos en los medios de comunicación, va a ser la lluvia sobre lo mojado, y su impacto va a ser relativo. Salvo que ocurra un hecho realmente veraz e impactante que beneficie o perjudique a uno de los candidatos, todo lo que se tenía que decir ya se ha dicho, y los usuarios ya identifican a todos los actores que están de un lado y del otro, y todo lo que dicen para desprestigiar al enemigo.

Por eso, también es relativo el impacto de los anuncios públicos de adhesiones de última hora. Sobre todo, de “personalidades” que, en realidad, se representan a sí mismas, y que muchas veces creen que lo que anuncien va a ser seguido por decenas, cientos o miles de personas, cuando muchas veces no es así.

La ONPE y el JNE no gozan ni de simpatía ni de confianza, todo lo contrario, y bien merecido se lo tienen. Hasta en el último debate dejaron mucho que desear. Pero, lamentablemente, de ellos depende el éxito o el fracaso de la jornada del domingo. Solo queda pedirle a Dios que hagan bien su trabajo.

La tarea realmente fundamental y titánica va a ser la de desplegar, seguir, y confiar en los personeros. Ahí es donde se juega la elección, y ahí es donde muchas veces se pierde la Presidencia, sobre todo en estos tiempos en los cuales, como casi nunca antes, las diferencias son tan estrechas que cualquier descuido en mesa genera la derrota.

No es lo mismo ser personero en Lima que en las regiones, sobre todo en los lugares más apartados del país, o en aquellos lugares o espacios que pueden ser más “calientes” políticamente, y donde ni la ONPE ni los observadores son capaces de estar presentes.

El trabajo en mesa será vital y tiene que ser prolijo, como también lo debe ser la labor de las encuestadoras para poder dar el flash electoral sin que eso vuelva a encender praderas o de argumentos para gritos de fraude o algo parecido.

Y ojalá, todos acepten el resultado, y volvamos a ver lo que hace años no vemos, que quien pierda reconozca la derrota y felicite a quien gane.

Enrique Castillo es periodista.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.

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