
Escribe: Carlos Anderson, congresista.
“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Así comienza La Metamorfosis, icónica novela de Franz Kafka que retrata el sentimiento de asombro y de horror del protagonista de la historia al percatarse de su transformación en un abominable insecto. Luego de casi 35 años, los diseñadores originales del plan de transformación económica puesto en marcha en el Perú de los 90 –alejados de las filias y fobias político-partidarias– podrían, con justicia, expresar similar sentimiento de horror frente a ciertos aspectos claves de la “gran transformación”.
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Todo comenzó el 8 de agosto de 1990 tras el famoso “Dios nos ayude” de Juan Carlos Hurtado Miller, presidente del Consejo de ministros y ministro de Economía del recién inaugurado Gobierno del presidente Alberto Fujimori. Se suponía que –luego de la tragedia económica de los 70 y los 80–, no quedaba más alternativa que poner en marcha uno de los programas de ajuste económico más severos de la historia con base en el sacrificio enorme de todos los peruanos como el único camino a seguir en la búsqueda del crecimiento y el desarrollo económico.

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Abatida la hiperinflación y derrotada la subversión criminal del MRTA y Sendero Luminoso, se llevó a cabo una serie de reformas de primera generación –la independencia del Banco Central, la creación de instituciones clave como la Sunat, el diseño de un nuevo rol para el Estado como regulador y, en general, el downsizing del Estado peruano– en el marco de una nueva Constitución que mediante la privatización de la inmensa mayoría de empresas estatales, la promoción de la inversión privada, la libre competencia, la liberalización comercial y la promoción de exportaciones, dio inicio a un periodo casi ininterrumpido de crecimiento económico.
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Pero, transcurrido estos casi 35 años, la figura que se muestra en el espejo está muy lejos de retratar a uno de esos pocos casos de “desarrollo económico” de los siglos XX y lo que va del siglo XXI. En similar espacio de tiempo, China paso de ser un país inmenso en cuanto a población y territorio para convertirse en la primera/segunda potencia económica del mundo. Lo mismo pasó con Japón y los originales “tigres asiáticos”, y luego con los países asiáticos de reciente industrialización, como Malasia, Vietnam o Indonesia.
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En América Latina, en similar periodo de tiempo, Chile pasó de ser un país periférico a una economía miembro de pleno derecho del club de los países industrializados (OCDE), mientras que México –con la ventaja (o maldición) relativa de estar al lado del mayor mercado del mundo–, pasó a convertirse en un país con una estructura productiva de alta complejidad y en una de las mayores potencias exportadoras del planeta. En el Perú, estos 35 años han sido testigos de crecimiento económico alto con baja o casi nula inflación, de una relativa, aunque mínima, modernización del aparato productivo, del surgimiento de una clase media que nunca ha llegado realmente a serlo y que parece más bien “una clase en el medio”, alejada de la clase económica pudiente, y demasiado cercana a la clase económica que apenas logra sobrevivir con “30 lucas”.
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En el Perú –en estos casi 35 años– no hemos logrado transformar a profundidad la estructura productiva, ni hemos sofisticado nuestra oferta exportadora al mundo –primario-exportadora, de mínimo contenido tecnológico–por más que la propaganda oficial nos quiera vender la idea de un país “a punto de convertirse en potencia mundial”. Tampoco hemos logrado transformar el mundo del empleo, mayoritariamente informal, habiendo dejado en el abandono a 1.5 millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan, ni hemos logrado algún avance significativo en materia educativa ni tampoco en materia de salud. Ambos servicios públicos continúan siendo el gran desastre que siempre han sido, con el añadido de que, gracias al fracaso regulatorio, se ha permitido que surjan proveedores de servicios educativos y de salud que en la práctica constituyen un gran fraude.
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Y ni qué decir del servicio público más reclamado por la población: el de la seguridad ciudadana. Una población insegura no puede hacer disfrute de ninguna de las libertades básicas de una sociedad bien estructurada, salir a un parque, transitar sin temor por la ciudad, asistir a un evento deportivo, etcétera.
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Es decir, a pesar del notable crecimiento económico de los últimos 35 años, en lugar de converger a la zona habitada por los países desarrollados, cada día nos alejamos más. Y nos alejamos más por la nefasta combinación de una economía y sociedad donde predominan la corrupción –pública y privada– y donde la clase empresarial ha sido incapaz de contener sus impulsos mercantilistas.
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Puede que la analogía con la Metamorfosis de Kafka sea un tanto exagerada, pero nadie podrá negar que la imagen que reflejamos en el espejo dista mucho de aquel que merece el enorme sacrificio de los peruanos que sobrevivieron al fujishock de los 90.
