Cuando los gobiernos descubren que ya no tienen espacio político para crear nuevos impuestos, la presión fiscal no desaparece. Simplemente cambia de forma.
Cuando los gobiernos descubren que ya no tienen espacio político para crear nuevos impuestos, la presión fiscal no desaparece. Simplemente cambia de forma.

Durante décadas, el mundo persiguió una obsesión: la eficiencia. Las recorrieron continentes para reducir costos. La barata sostuvo el crecimiento global. La integración económica permitió producir más con menos. La parecía una variable secundaria frente a la lógica de la . Ese mundo se está terminando.

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La guerra en Europa, las tensiones entre Estados Unidos y China, la carrera tecnológica por la inteligencia artificial (IA), la seguridad energética, el aumento del gasto en defensa y la relocalización de cadenas de suministro forman parte de un mismo fenómeno: la transición hacia un mundo menos eficiente y más costoso. La resiliencia ha reemplazado a la eficiencia.

Detrás de la transición energética, de la IA, de la seguridad nacional y de la fragmentación geopolítica existe una realidad mucho menos sofisticada. (Foto referencial: Freepik)
Detrás de la transición energética, de la IA, de la seguridad nacional y de la fragmentación geopolítica existe una realidad mucho menos sofisticada. (Foto referencial: Freepik)

Los países ya no buscan únicamente crecer. Buscan garantizar abastecimiento, proteger infraestructura crítica, asegurar recursos estratégicos y reducir dependencias externas. Lo que antes se consideraba una ineficiencia económica empieza a verse como una necesidad estratégica. La IA ilustra bien esta transformación. La nueva economía digital no está reduciendo las necesidades de inversión pública. Las está multiplicando.

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Lo mismo ocurre con la defensa, la ciberseguridad, la transición energética y la protección de cadenas productivas consideradas estratégicas. El resultado es evidente: los Estados necesitarán más recursos.

Sin embargo, existe una diferencia importante respecto de otros momentos históricos. La capacidad política para incrementar impuestos se ha debilitado. Las sociedades son más fragmentadas, más desconfiadas y más resistentes a aceptar nuevos costos. En muchos países, incluso alcanzar consensos básicos sobre política fiscal se ha vuelto extraordinariamente difícil.

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Esa tensión está empezando a generar una transformación silenciosa. La presión fiscal del futuro probablemente no se expresará primero en nuevas tasas impositivas ni en grandes reformas legislativas. Es más probable que aparezca a través de mecanismos menos visibles: revisión de beneficios, ampliación de bases imponibles, redefinición de tratamientos preferenciales y una expansión progresiva de las capacidades de control del Estado.

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Así, la frontera entre política fiscal y administración tributaria comienza a difuminarse. No se trata necesariamente de recaudar más mediante nuevas leyes. Se trata de recaudar más a partir de las reglas que ya existen.

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Por eso, el debate relevante de los próximos años no será únicamente cuánto deberán recaudar los gobiernos para sostener este nuevo orden económico. Será, sobre todo, cómo decidirán hacerlo. Porque detrás de la transición energética, de la IA, de la seguridad nacional y de la fragmentación geopolítica existe una realidad mucho menos sofisticada. Alguien tendrá que pagar la cuenta.

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Y cuando los gobiernos descubren que ya no tienen espacio político para crear nuevos impuestos, la presión fiscal no desaparece. Simplemente cambia de forma.

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El nuevo orden mundial tendrá muchas consecuencias. Algunas se verán en los campos de batalla, otras en los mercados energéticos, otras en la carrera tecnológica. Y algunas terminarán llegando, silenciosamente, a la declaración jurada de impuestos.

María Julia Sáenz es socia líder de Tax & Legal de KPMG en Perú.

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