
En mi artículo anterior planteaba que el Perú necesita dejar de pensar únicamente en proyectos aislados de innovación y comenzar a construir capacidades tecnológicas que puedan sostenerse en el tiempo. El siguiente paso es decidir en qué sectores queremos construirlas. Los recursos para investigación, desarrollo e innovación son limitados y, si intentamos desarrollar tecnología propia en todos los frentes, probablemente terminemos dispersando esfuerzos y generando poco impacto.
Una política nacional de innovación debería distinguir entre aquellos sectores en los que queremos ser desarrolladores y early adopters de nuevas tecnologías, y aquellos en los que resulta perfectamente razonable ser
Ser early adopter implica asumir riesgos. Significa probar soluciones que todavía no están completamente maduras, financiar pilotos y aceptar que algunos proyectos no funcionarán. Pero también permite construir conocimiento, talento y ventajas competitivas que eventualmente podamos convertir en soluciones exportables.

La pregunta, entonces, es dónde vale la pena tomar ese riesgo.
Esa priorización no debería hacerla únicamente el Estado, ni tampoco las empresas o las universidades por separado. Requiere una discusión conjunta entre quienes entienden las necesidades productivas, quienes pueden desarrollar conocimiento y tecnología y quienes tienen la capacidad de orientar recursos de largo plazo.
Los criterios deberían ser relativamente simples: priorizar sectores donde la tecnología pueda tener un impacto relevante en productividad, empleo o ingresos para el país; donde el Perú sea un buen laboratorio para probar soluciones; y donde exista suficiente demanda empresarial para que esas tecnologías puedan llegar al mercado.
Agricultura podría ser uno de esos espacios. La diversidad climática, la presión sobre el agua y la variedad de cultivos hacen del Perú un entorno natural para desarrollar soluciones en agricultura de precisión, automatización y adaptación climática.
El sistema financiero es otro candidato. Los retos de inclusión y formalización, combinados con un ecosistema digital en expansión, abren oportunidades para probar nuevas soluciones en pagos, crédito, identidad digital o inteligencia artificial.
La minería presenta una lógica distinta. Su peso en los ingresos del país y la escala de sus operaciones permiten utilizarla como espacio de prueba para tecnologías en automatización, agua, energía o sostenibilidad, además de fortalecer proveedores tecnológicos locales que luego puedan exportar esas soluciones.
Estos sectores son ejemplos, no necesariamente la respuesta. Lo importante es que la discusión ocurra y que termine en decisiones. Priorizar significa también aceptar que habrá áreas en las que nuestra estrategia será importar buena tecnología, adaptarla rápidamente y concentrar nuestros recursos en otros espacios donde podamos construir una ventaja propia.
Una vez definidas esas apuestas, aparece una segunda necesidad: infraestructura para investigar y probar.
Desarrollar tecnología requiere laboratorios, plantas piloto, equipos especializados y espacios de validación en condiciones reales. El Estado puede invertir en parte de esta infraestructura, pero también promover modelos compartidos que faciliten el acceso de empresas e investigadores a capacidades existentes en universidades y centros de investigación.
Las universidades también pueden invertir en infraestructura científica y tecnológica, pero necesitan señales claras desde el mercado. Una empresa que identifica una necesidad es un primer paso; una empresa dispuesta a participar en el desarrollo, probar la tecnología y convertirse en su primer cliente genera una señal mucho más potente.
Ahí aparece nuevamente la figura del early adopter. Sin empresas dispuestas a experimentar, la investigación puede quedarse en publicaciones, prototipos o equipos subutilizados. Cuando existe un potencial primer cliente, el desarrollo tecnológico comienza a tener una ruta hacia el mercado. No se trata de reemplazar investigación básica por investigación aplicada. Se trata de construir puentes mucho más fuertes entre conocimiento, infraestructura y demanda.
El Perú probablemente no tenga los recursos para competir en todas las fronteras tecnológicas. Pero sí puede elegir algunas donde nuestras condiciones productivas, nuestros problemas y nuestras ventajas naturales nos permitan aprender más rápido, desarrollar capacidades propias y generar ventajas difíciles de replicar.
Invertir en I+D siempre implica riesgo. El mayor riesgo, sin embargo, puede ser dispersar recursos entre demasiadas prioridades y no construir ninguna capacidad realmente diferenciadora. El primer paso no es financiar otro proyecto, sino decidir, entre Estado, empresa y academia, en qué sectores queremos dejar de ser seguidores y empezar a tomar el riesgo de ser early adopters.
José Deustua es director general de Investigación, Innovación y Emprendimiento de UTEC







