
Jorge Basadre sostenía que “son las ideas las que forjan un país con futuro”. Aristóteles enseñaba que el carácter se construye a través de las acciones repetidas. Al unir ambos conceptos, surge una pregunta inevitable: ¿qué ideas estamos ejecutando hoy para construir una nación próspera? Bajo un liderazgo correcto y visionario, no existe justificación para la anemia ni la pobreza en el Perú.
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Cuando las ideas adecuadas se aplican sobre una riqueza natural privilegiada, el impacto se multiplica. Si a ello le sumamos ser la cuna de la historia continental y, además, contar con una población joven, creativa y trabajadora, así como con una extensa cartera de proyectos mineros, agrícolas y energéticos, el Perú tiene todo lo necesario para crecer a tasas superiores al 10% anual, erradicar la pobreza y convertirse en una potencia regional.

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Pero el desarrollo exige pasar del gran potencial que tenemos a la acción: ejecutar, producir y, sobre todo, convencernos de que somos capaces de lograrlo.
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La historia reciente demuestra que es posible. En los años noventa, en medio de un país quebrado, Alberto Fujimori, acompañado de un equipo técnico de primer nivel, rescató al Perú del colapso y lo encaminó hacia el crecimiento. Quien aspire a liderar el país hoy debe recuperar esa mística: convocar al mejor talento disponible y fijar un norte claro basado en cuatro pilares fundamentales: seguridad interna, estabilidad jurídica, atracción de inversiones y erradicación de la pobreza y de la anemia infantil.
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El problema crónico del Perú es la falta de gestión. Un estudio del Instituto Peruano de Economía, basado en indicadores del Banco Mundial, revela que el Estado mantiene paralizados o abandonados más de 65 mil proyectos de inversión pública, equivalentes al 17.3% del PBI.
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Debemos revertir esa inoperancia. Primero, mediante la reducción del tamaño del Estado, la disminución del número de ministerios y la reubicación de trabajadores excedentes hacia nuevas industrias que surgirán en un país estable y seguro. Segundo, mediante la creación de un Ministerio de Infraestructura encargado de ejecutar megaproyectos nacionales a través de licitaciones que permitan generar economías de escala y transformar la vida de millones de peruanos.
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En lugar de atomizar el presupuesto en pequeñas obras inconexas, el Estado debería integrar proyectos nacionales de agua y desagüe, colegios y hospitales bajo modelos estandarizados y eficientes. Del mismo modo, es momento de apostar por grandes obras de conectividad que transformen la geopolítica continental, como el tren Bioceánico y un tren que conecte Tumbes con Tacna.
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Dinero hay. Lo que falta es capacidad de ejecución. Hoy, el gasto corriente representa el 62.5% del presupuesto nacional. Suecia entró en crisis en 1993, cuando ese gasto alcanzó el 70%. El Perú avanza hacia un riesgo similar, con el agravante de depender de recursos finitos.
¿Qué ocurrirá cuando los minerales se agoten o el cambio climático golpee nuestra agricultura y nuestra pesca? Si no convertimos la riqueza actual en infraestructura duradera, estaremos hipotecando el futuro. El Perú necesita dejar atrás la burocracia inoperante y abrazar la ejecución de grandes proyectos nacionales para alcanzar un crecimiento sostenido superior al 10% anual.
José Ignacio de Romaña es director en IPCH.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.







