
Frente a las costas de Ecuador y el norte peruano, el mar ya no tiene la temperatura de siempre. Hay zonas oceánicas que registran anomalías térmicas de entre 5 y 7 grados por encima de lo normal, lo cual significa que el sistema océano-atmósfera del Pacífico ha entrado en modo de emergencia silenciosa. La Comisión Multisectorial ENFEN mantiene al país en estado de alerta por El Niño costero; la NOAA estima 97% de probabilidad de que El Niño persista hasta abril del 2027 y 81% de que alcance una intensidad “muy fuerte” hacia el cuarto trimestre de este 2026. El Niño ya está aquí. Lo que no está claro es si estamos preparados para recibirlo.
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El desastre no es el clima, es la falta de anticipación. El Niño no irrumpe por sorpresa: vuelve con memoria histórica (1983, 1998, 2017) y con señales más visibles. Lo que sorprende no es su llegada, sino la manera repetitiva en que el Estado peruano queda atrapado en su propia inercia.

En el escenario de que El Niño sea un evento de fuerte a muy fuerte, el país podría perder entre 1.2% y 2.6% del PBI (sobre el PBI nominal proyectado por el MEF para este año, de S/ 1’221,417 millones), lo que equivale a entre S/ 14,657 y S/ 31,757 millones. Si el evento se convierte en “extraordinario” (escenario que ENFEN no descarta) la pérdida llegaría al 5% del PBI: cerca de S/ 61,071 millones.
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Además, casi 8 millones de peruanos habitan en distritos calificados de “muy alto riesgo” por inundación. A ellos se suman 2.5 millones de viviendas, 17,213 escuelas, 4,378 establecimientos de salud y 8,250 kilómetros de vías en la misma categoría (Cenepred 2026). Y, en el centro de esta geografía de la vulnerabilidad, una región evidencia con crudeza todos esos déficits: Piura.
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La prioridad inmediata no está en la infraestructura física, sino en ordenar la información, establecer reglas claras y tomar decisiones a tiempo. El país necesita un panel de control que active alertas y habilite presupuestos de manera automática cuando las lluvias o caudales de los ríos alcancen niveles peligrosos; brigadas especializadas listas para restablecer servicios esenciales; y un inventario priorizado de los puentes, carreteras, centrales eléctricas y demás activos críticos que no deben fallar.
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Nada de esto exige empezar desde cero: requiere decisión política y voluntad de coordinación antes de que llegue la lluvia. Nadie puede predecir con exactitud cuánta agua caerá ni cuántos huaicos bloquearán las vías. Pero sí sabemos, con márgenes razonables de confianza, dónde están los nodos frágiles, qué medidas cuestan poco y producen mucho, y qué decisiones ya no pueden seguir postergándose. Una política pública responsable actúa con la información disponible, usa los recursos existentes y no espera a que la emergencia se convierta en desastre.
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Este nuevo El Niño puede ser el primero en el que el Perú deje de ser sorprendido por lo previsible.
Nora Moreno es decana de la Facultad de Economía de la Universidad de Lima.







