
Escribe: Milton Vela, director de Café Taipá
En la serie Suits, el joven Mike Ross tiene una memoria fotográfica que le permite absorber y citar cualquier ley o jurisprudencia al instante. Su talento es innegable, pero quien gana los casos es Harvey Specter: un abogado brillante que entiende el juego del poder, lee el entorno, actúa con audacia y domina la estrategia. Mike es conocimiento puro; Harvey es pensamiento aplicado. Uno sin el otro no habría logrado nada.
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Esa dupla, llevada al mundo profesional actual, representa con precisión la nueva relación entre las personas y la inteligencia artificial. Hoy, Mike Ross puede ser un agente de la inteligencia artificial (IA) entrenado con todo el conocimiento técnico que necesitas para tomar decisiones más rápido. Pero Harvey Specter –la visión, el criterio, el liderazgo– sigue siendo insustituible.
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En mi caso, decidí entrenar un agente de IA con lo aprendido en años de experiencia y mi metodología de gestión reputacional. No para reemplazarme, sino para potenciar mis capacidades. La IA no piensa por mí; me permite pensar más rápido y con mejor foco. Es como tener un asistente que nunca olvida nada, que procesa miles de datos en segundos, pero que necesita de mí para saber qué hacer con esa información.
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La gestión de reputación –y en general cualquier rol que implique exposición pública o toma de decisiones bajo presión– necesita velocidad, sensibilidad y profundidad. La IA puede aportar análisis y eficiencia, pero solo un profesional experto puede leer el contexto, entender las emociones detrás de una narrativa, y decidir tomar la mejor acción.
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Hoy, todos podemos tener nuestro Mike Ross: una IA que asiste en la escucha activa, el análisis de riesgos, el mapeo de stakeholders y la planificación estratégica. Pero no todos pueden ser Harvey Specter. Se necesita pensamiento crítico, comprensión del entorno y una brújula ética para que esa IA realmente sirva, porque no reemplazará el ojo del experto.
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El modelo que aplico para gestionar reputación parte de seis claves: cultura, poder de comunidad, escucha activa inteligente, relación con stakeholders, análisis reputacional y lectura del contexto social, político y económico. Estas dimensiones también han sido integradas al agente, no como sustituto, sino como respaldo inteligente para actuar mejor y más rápido.
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La IA no nos libera de pensar, pero sí nos libera de lo mecánico para enfocarnos en lo esencial. Si se usa con inteligencia, no es una amenaza, sino un diferencial.
Y esto no aplica solo a consultores de reputación. Un director de sostenibilidad, que enfrenta tensiones sociales cada vez más complejas, puede usar IA para anticipar narrativas y preparar respuestas más estratégicas. Un director de marketing, que vive bajo la presión de la inmediatez digital, puede tener un aliado que le ayude a evaluar riesgos y medir el impacto de cada campaña en tiempo real. Incluso un CEO con visión transformadora puede usar IA como un copiloto que le ayude a leer el entorno antes de tomar decisiones clave.
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Pero nada de eso servirá si quien lidera no está listo para interpretar, decidir y liderar. Por eso, repito: todos podemos tener un Mike Ross, pero solo si estamos listos para actuar como Harvey Specter.