Las desigualdades educativas terminan reflejándose en la vida cotidiana y atentan contra el principio de igualdad de oportunidades para todos. (Foto: Andina)
Las desigualdades educativas terminan reflejándose en la vida cotidiana y atentan contra el principio de igualdad de oportunidades para todos. (Foto: Andina)

Las últimas elecciones dejaron varios indicadores que conviene analizar. El primero es que el Perú sigue siendo un país dividido, donde algunos consideran tener más derechos que otros por distintas razones. El segundo es la ausencia de una visión compartida sobre el país que queremos construir para el futuro de todos. Ambas situaciones frenan la posibilidad de un desarrollo real y profundo. Por definición, desarrollo es crecimiento con redistribución de ingresos. Sin embargo, mientras persistan estas dos condiciones, cualquier plan económico será percibido como favorable para unos y perjudicial para otros.

En este contexto, el rol del Estado es fundamental para amalgamar, unificar y, a través de políticas sociales adecuadas, establecer las bases de esa redistribución. No obstante, si existe ineficiencia y corrupción, los esfuerzos por compatibilizar ideas se diluyen y aumenta la sensación de expansión de la desigualdad. No conozco, al menos en mi experiencia, ningún país con desigualdades que haya logrado salir del estancamiento. Siempre existió primero una visión clara de lo que se quería como nación para que luego el plan económico se traduzca en desarrollo. Y ojo: digo desarrollo y no solo crecimiento, porque podemos crecer, pero no alcanzar un desarrollo sostenible y estructural sin solucionar estos problemas de fondo.

En materia económica, el fomento a la inversión privada, la economía de mercado y la libertad económica son pilares esenciales para sostener un crecimiento permanente. Sin embargo, para evitar cualquier abuso, se requieren entidades reguladoras con verdadero poder e independencia, cuyas intervenciones y sanciones sean ejemplares, efectivas e incuestionables, favoreciendo la transparencia y desincentivando acciones que atenten contra un verdadero libre mercado.

Por otro lado, la informalidad es un fenómeno que debe enfrentarse desde una comprensión profunda de sus causas. No siempre responde a una necesidad de supervivencia o al exceso de burocracia; en muchos casos, refleja la existencia de un modus vivendi que prospera ante la falta de un Estado eficaz. Resolver este problema implica diseñar un mix de políticas para enfrentar sus orígenes: no solo se trata de brindar crédito o reducir trabas burocráticas, sino de comprender la real dimensión de por qué somos informales.

Finalmente, llegamos a lo que considero la “madre del cordero”: la educación. Si no contamos con educación de calidad, humana e integradora, persistirá el germen que fomenta todo lo mencionado. Las desigualdades educativas terminan reflejándose en la vida cotidiana y atentan contra el principio de igualdad de oportunidades para todos.

El Perú es un solo país. Todos quienes hemos nacido en él somos peruanos. Así como quienes viven fuera se emocionan al escuchar “Cuando pienses en volver” o “Y se llama Perú”, quienes estamos dentro deberíamos no solo emocionarnos al escuchar “unida la costa, unida la sierra, unida la selva contigo, Perú”, sino repetirlo hasta que lo creamos.

Guillermo Boitano es director de la Carrera de Economía de la Universidad de Lima.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.

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