
Durante los últimos meses se ha instalado con fuerza una narrativa que cuestiona el rol del dólar como activo refugio. Entre el debate sobre la “desdolarización”, la creciente fragmentación geopolítica, el uso de monedas locales en acuerdos bilaterales y la acumulación de oro por parte de varios bancos centrales, muchos analistas comenzaron a hablar del inicio del fin del dominio del dólar. A ello se sumó una tendencia de debilitamiento del billete verde frente a algunas monedas desarrolladas y emergentes, en un contexto de moderación inflacionaria en Estados Unidos y expectativas de recortes de tasas por parte de la Reserva Federal.
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El argumento tiene sustento sólido. Si el excepcionalismo estadounidense se erosiona, si el déficit fiscal sigue ampliándose y si el resto del mundo continúa diversificando sus reservas, el dólar perdería gradualmente su estatus de refugio. Sin embargo, los mercados financieros tienen memoria.
Cuando la tensión en Medio Oriente escaló y se puso sobre la mesa un conflicto que involucra a Irán, el análisis deja de ser estructural y se vuelve más táctico. No estamos hablando solo de un país más en conflicto. Estamos hablando de un actor central en una región que concentra una porción crítica de la oferta global de crudo y que tiene influencia directa o indirecta sobre el tránsito por el Estrecho de Ormuz.
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El Estrecho de Ormuz es una de las arterias energéticas más importantes del planeta: por allí transita aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo. Cualquier amenaza creíble de interrupción dispara inmediatamente una prima de riesgo en el precio del crudo. Y el petróleo no es un activo cualquiera: es un insumo transversal para la economía global. Un shock en su precio se traduce en presiones inflacionarias, deterioro en términos de intercambio para importadores netos y caída en expectativas de crecimiento.
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En ese contexto, el mercado reaccionó con rapidez. Subió el petróleo y la volatilidad. Cayeron los activos de riesgo e inevitablemente, se fortaleció el dólar.

¿Por qué ocurre esto sí, en teoría, el dólar venía perdiendo brillo como refugio? Porque en momentos de estrés agudo la profundidad y liquidez del sistema financiero estadounidense no tiene sustituto inmediato. El dólar no es solo una moneda; es la unidad de cuenta dominante en comercio internacional, la moneda de financiamiento global y el activo colateral por excelencia. En escenarios de incertidumbre extrema, los inversionistas no buscan únicamente rendimiento: buscan liquidez, capacidad de transacción y seguridad jurídica.
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Además, muchos pasivos alrededor del mundo están denominados en dólares. Cuando aumenta la aversión al riesgo, las empresas y gobiernos buscan cubrirse, recomponer liquidez y reducir exposición cambiaria. Ese proceso genera demanda adicional de dólares, reforzando el movimiento.
Esto no implica negar los cambios estructurales en marcha. Es cierto que el mundo es hoy más multipolar, que algunos bancos centrales diversifican reservas y que el uso del dólar como herramienta geopolítica ha generado incentivos para buscar alternativas. Pero la transición, si ocurre, será larga y no lineal. En el corto plazo, el sistema financiero global sigue teniendo al dólar como su eje.
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El episodio reciente vinculado a Irán y las tensiones en la región son un recordatorio claro. Cuando la geopolítica pasa de los titulares a la posibilidad real de interrupciones en flujos energéticos, cuando el petróleo sube con fuerza y el mercado entra en modo defensivo, el reflejo de los inversionistas es el mismo de siempre: Vamos a comprar dólares.
Así pues, podemos analizar tendencias de reservas, acuerdos bilaterales y movimientos estratégicos; pero cuando las papas queman, cuando el riesgo es inmediato y sistémico, el mercado no experimenta y vuele a lo conocido como activo refugio: el dólar.
Javier Gamboa es vicepresidente de Estrategia y Gestión de Portafolios de RIMAC.







