
Escribe: Enrique Castillo, periodista
En los dos últimos días seguramente hemos establecido o batido un nuevo récord mundial: se ha condenado en 24 horas a dos expresidentes a penas privativas de libertad que van desde los 11 a los 14 años.
Este nuevo registro mundial se suma al ya conocido de tener en una misma prisión a tres expresidentes vivos (ahora serán cuatro); al de tener en los últimos 25 años a 8 expresidentes entre investigados, denunciados, acusados y/o condenados; y al de haber tenido a cinco presidentes vacados o renunciantes en los últimos nueve años.
Lo más sorprendente, vergonzoso y deprimente es que ya no sorprende tener casos como estos en nuestro país. Lo noticioso ha sido lo consecutivo de las sentencias, y la línea política de los dos condenados.
La población, y sobre todo la más joven, vive una democracia tan débil, inestable, y vulnerable, y ha visto tan de cerca el desprestigio, la debilidad, y cómo se ha maltratado o pervertido el cargo de presidente de la República o de congresista de la República, que ya le resulta muy difícil creer en este sistema, en sus instituciones, y en sus autoridades.
Por eso es cada vez más común escuchar aquello de que en el Perú todo puede pasar, y nada nos debe sorprender.
En las últimas horas, luego de escucharse las condenas a Martín Vizcarra y a Pedro Castillo, una de las preguntas más frecuentes en todos los ámbitos ha sido si esta carcelería podía beneficiar o perjudicar a ambos, que pretendían impulsar candidaturas presidenciales y senatoriales.
Y esto tiene dos líneas de análisis: el jurídico y el político.
Desde el punto de vista judicial, las condenas, según la gran mayoría de juristas y abogados, son plenamente justificadas e inobjetables. Uno puede discutir los años de la condena, pero no la culpabilidad misma.
Una condena de estas dimensiones es, indudablemente, un terrible golpe para cualquier persona y político, un demérito, un terrible lastre en la carrera política de cualquier dirigente o aspirante a cualquier cargo político. Y, lógicamente, es un drama personal y familiar.
Pero existe la otra dimensión, la política, sobre todo a unos cuantos meses de una campaña electoral presidencial. Y en esta situación los casos de Martín Vizcarra y Pedro Castillo son curiosos.
Ambos personajes están queriendo convertir sus condenas en una persecución política, en una supuesta venganza contra ellos de parte de una coalición gobernante de derecha que los odia y quiere impedir a cualquier precio la posibilidad que ellos se conviertan en presidente y senador, porque, según ellos, tienen las mayores posibilidades de ganar.
Discursos al margen, lo cierto es que ambos tienen un caudal político y electoral que varias encuestas, hasta que se impidió incluirlos, consideraban importantes.
En el caso de Vizcarra, incluso la mención de su hermano como candidato presidencial no impidió un crecimiento en las cifras de intención de voto. Y en el caso de Pedro Castillo, sus mediciones lo hacían atractivo como candidato a senador y como locomotora de alguna lista parlamentaria.
Estos antecedentes han hecho que, incluso, algunos candidatos ya estén mencionando que de ganar los indultarían, y otros empiezan a señalar que esta “venganza política” les va a permitir ganar la presidencia de la República.
¿Pueden las condenas beneficiar a los condenados en su papel de promotores de candidaturas políticas?
La victimización suele funcionar en nuestro país. Y aunque el endose de votos no ha sido ni una constante ni un recurso muy exitoso, en este caso ambos van a tratar de apelar a ellos para lograr impulsar a sus agrupaciones para que logren una buena representación en el Parlamento, o, en el caso de Perú Primero, tratar de llegar a una segunda vuelta.
Una cosa que es común a ambos casos, es que se declaran casi como antisistema, y como enemigos declarados de lo que llaman la alianza de gobierno actual. En un caso orgulloso de haber cerrado el Congreso, y en el otro declarándose como una víctima de “un golpe de Estado que el actual Congreso le dio”.
En ambos casos tratan de capitalizar ese odio y esa desaprobación que muchos peruanos sienten y tienen por el Parlamento, y por una clase política que sufre del rechazo ciudadano, y que se ve reflejado en ese 50% de peruanos que no ha decidido por quien votar.
Además, buscan el voto de esa porción de electorado que va desde el centro a la izquierda, y que no ha logrado ver a un candidato de ese sector con quien simpatizar.
A eso apuntan Martín Vizcarra y Pedro Castillo, que su peor condena se convierta en su mejor triunfo. ¿Cualquier cosa puede pasar?








