
Pocos países de la región cuentan con un recurso energético tan competitivo como el gas natural. Sin embargo, la reciente deflagración registrada en una estación de válvulas del sistema de transporte de gas de Camisea obligó al Gobierno a declarar una emergencia su suministro por hasta 14 días y a activar mecanismos de racionamiento para priorizar el mercado interno. Este episodio debe servir para impulsar una discusión madura sobre la seguridad energética de nuestro país.
Camisea ha sido uno de los proyectos energéticos más transformadores del Perú. Desde su entrada en operación en el 2004, el gas natural ha permitido reducir drásticamente los costos de generación eléctrica. Además, según el Comité de Operación Económica del Sistema Interconectado Nacional (COES), las centrales térmicas a gas proporcionan potencia firme y capacidad despachable, características clave para garantizar la estabilidad del sistema. Pero ningún recurso energético está libre de riesgos.
El incidente reciente revela una vulnerabilidad estructural: la fuerte dependencia del sistema energético de una infraestructura crítica sin suficiente redundancia; es decir, sin que haya infraestructura alterna que duplique componentes críticos para garantizar un suministro continuo. La lección, por tanto, no es abandonar el gas, sino fortalecer la resiliencia del sistema energético peruano. En el mediano plazo, esto implica ampliar la oferta de gas natural y diversificar la infraestructura. El Perú aún posee recursos gasíferos significativos que necesitan inversión para su desarrollo. De acuerdo con el Ministerio de Energía y Minas, las reservas probadas de gas natural superan los 10 trillones de pies cúbicos, concentradas principalmente en la cuenca de Camisea. Sin embargo, su desarrollo depende de señales regulatorias claras y de un entorno que promueva la inversión privada en exploración y producción.
En esa lógica se enmarcaban iniciativas como los nodos energéticos del sur y un eventual gasoducto que ampliara la red de transporte. Estas infraestructuras no solo buscaban masificar el gas, sino también crear redundancias en el sistema para reducir la vulnerabilidad frente a fallas puntuales. Además, el gas natural también cumple un papel clave como complemento de otras fuentes de energía. En sistemas eléctricos modernos, las centrales térmicas a gas permiten respaldar la variabilidad de fuentes como la solar o la eólica.
Pero es importante recordar que la seguridad energética no es un problema exclusivo de los hidrocarburos. Todas las tecnologías energéticas enfrentan vulnerabilidades, y así lo demuestran eventos recientes en otros países. Chile enfrentó episodios de estrechez en su sistema eléctrico debido a la menor disponibilidad hidroeléctrica y a problemas de transmisión que limitaron el despacho de energía renovable en el norte del país, lo que obligó a recurrir nuevamente a generación térmica de respaldo. Algo similar ocurrió en España, donde la alta penetración de energías renovables intermitentes ha obligado al sistema a reforzar sus mecanismos de capacidad y respaldo para evitar episodios de volatilidad de precios y riesgos de suministro. La lección es clara: ningún sistema energético puede prescindir de fuentes firmes ni de infraestructura resiliente.
Mientras las soluciones estructurales se desarrollan, el corto plazo exige respuestas pragmáticas. Los más afectados por las interrupciones del gas suelen ser los clientes más expuestos: la generación térmica, los consumidores industriales y el transporte basado en gas natural vehicular. En este contexto, podría evaluarse la razonabilidad de realizar cambios normativos que habiliten instrumentos extraordinarios que eviten distorsiones en el mercado eléctrico durante emergencias.
Sin embargo, estas soluciones deben ser estrictamente temporales. Es fundamental que no alteren los incentivos para invertir en nueva capacidad energética. También conviene evitar que episodios coyunturales se utilicen para justificar subsidios innecesarios o expansiones desordenadas de determinadas tecnologías. El impulso a las energías renovables no convencionales debe responder a criterios de eficiencia económica y seguridad del sistema, no a reacciones políticas frente a una contingencia.
El verdadero desafío para el Perú es cómo aprovechar mejor el activo natural que representa el gas natural. Utilizado adecuadamente puede fortalecer la seguridad energética, sostener la competitividad industrial y facilitar una transición energética ordenada. La seguridad energética no consiste en elegir una fuente sobre otra, sino en diseñar un sistema robusto, diversificado y resiliente que ponga en el centro el bienestar del consumidor y la competitividad del país. Camisea sigue siendo parte esencial de esa solución. Pero, como toda infraestructura crítica, requiere planificación, mitigación adecuada de riesgos, inversión y visión de largo plazo.







