Sonríe, pero antes lee
Por Daniella Espíritu, estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad del Pacífico.
Siempre he tenido la impresión de que hay momentos en los que decirlo todo no deja nada. Escenas cotidianas, casi invisibles, en las que uno descubre un límite: ese punto en el que la abundancia empieza a restar. Voltaire lo dijo mejor y hace siglos: “el secreto de aburrir consiste en decirlo todo”.
Esa idea, en apariencia trivial, me llevó a un terreno más serio: el de la regulación. Y, en particular, al marco de la protección de datos personales, regulado en la Ley N.° 29733 y su reglamento, donde esa misma tensión —entre informar y saturar— se vuelve cada vez más evidente.
Durante mucho tiempo, en el Perú, la protección de datos se entendía a partir de un gesto simple. Bastaba el cartel de la cara feliz que advertía la presencia de una cámara. El mensaje era visible, inmediato y comprensible. Era una época en la que la preocupación se concentraba casi exclusivamente en la videovigilancia.
Hoy sabemos que la protección de datos no se agota ahí. Alcanza al nombre que consignamos en un formulario, al correo electrónico, a la huella, a la voz, a cualquier dato que permita identificar a una persona. Y con ese cambio, la advertencia también se transformó en una exigencia silenciosa: sonríe, pero antes lee.
En ese tránsito, la transparencia corre un riesgo curioso: dejar de informar para empezar a saturar. El problema ya no es la falta de información, sino su exceso. En nombre de la protección de datos, se multiplican avisos, cláusulas y políticas que cumplen formalmente con informar, pero no siempre logran comunicar.
Se redactan como si el destinatario fuera un lector infinito, cuando en realidad el titular del dato es una persona racional y consciente de sus derechos, sí, pero también sometida al tiempo, a la prisa y a la fatiga. Cuando el Derecho ignora esa dimensión humana, la información deja de cumplir su función y empieza a expulsar.
Este fenómeno no es solo jurídico. Es también económico y profundamente cotidiano. La economía lo explicó hace décadas con la idea de la utilidad marginal decreciente: mientras más se recibe de algo, menos valor se le asigna. En protección de datos, ese “algo” es la información. El primer aviso informa; el segundo explica; el tercero agota.
Lo confirmé en una experiencia simple. Llamé a un servicio de delivery y, antes de poder hacer el pedido, una voz automatizada se tomó cuarenta segundos para explicarme cómo mis datos serían tratados y protegidos. Escuché con atención el inicio. El resto del mensaje lo acompañé pensando que quizá habría sido más rápido pedir por la web. No fue una decisión consciente; fue una reacción automática.
Ese instante dice más de lo que parece. Porque es ahí donde el rol del compliance empieza a transformarse. Ya no basta con verificar que el aviso exista o que la política cumpla con la norma. Hoy se exige algo más complejo: traducir obligaciones técnicas en mensajes claros, comprensibles y dinámicos. Cumplir no es decirlo todo; cumplir es comunicar para que se entienda.
Esto no implica un fracaso de la regulación. Al contrario, la normativa en materia de protección de datos personales ha avanzado de manera consistente. El desafío es otro. En el Perú, la protección de datos ha entrado en una etapa distinta: su fase comunicacional. El cumplimiento ya no se mide solo por cómo se protege la información, sino también por cómo se explica.
Por eso hoy cobran relevancia elementos que antes parecían ajenos al Derecho: la economía del lenguaje, la claridad del mensaje, incluso la creatividad. No como adornos, sino como herramientas de cumplimiento efectivo. Porque informar no es acumular palabras, sino elegirlas bien.
Y así como en los buenos textos llega un momento en que la frase adicional ya no aporta claridad, también en la protección de datos hay un punto en el que insistir deja de ayudar. Voltaire lo advirtió hace siglos, sin imaginar políticas de privacidad ni avisos interminables: decirlo todo puede aburrir; decir lo justo, en cambio, comunica.
Fiel a ese principio, me detengo aquí. Antes de que, en un afán de explicarlo todo, esta columna termine haciendo exactamente lo que busca evitar.

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