Volver a mirar la brújula
Las lecciones que me dejó medio siglo viviendo con el pie en el acelerador.
Estos días cumpliré 51 años. Y escribiendo este artículo me di cuenta que llevo medio siglo corriendo, casi sin parar. Corriendo para tener más, para lograr más, para “aprovechar el tiempo al máximo”. Y aun así, sospecho que el tiempo me ganó varias carreras.
El Fracaso del éxito
Durante años pensé que mi principal activo era la capacidad de hacer muchas cosas, y si me quedaban cinco minutos libres, buscar cómo aprovecharlos mejor.
Y en esa obsesión, fui perdiendo primero la calma, luego la capacidad de disfrutar, y fue apareciendo la idea de que “la vida exitosa” estaba siempre un poco más adelante: cuando gane xxx dólares, cuando saque adelante este objetivo, cuando salga de esta deuda, cuando pase esta etapa, cuando tenga más tiempo. Siempre después. Nunca ahora.
Luego de los 50, la felicidad consiste en paz interior
Ahora, quizá con algo más de experiencia, he descubierto que luego de los 50, la felicidad consiste en paz interior. Pero ésta no llega cuando desaparecen los problemas (eso nunca ocurre). Siempre tendremos una deuda que pagar, un hijo que ayudar, un problema de salud que curar o una relación que restablecer. La paz aparece cuando dejas de pelearte con la realidad. A veces los problemas se resuelven cuando aceptas que no tienen solución. Cuando entiendes que el mundo no tiene obligación alguna de adaptarse a tus expectativas.
Mi paz interior no depende del ruido del mundo. Depende del silencio que logro construir dentro de mi, de mi relación con Dios, del equilibrio entre lo que me planteo y lo que realmente consigo, de la calidad de mis relaciones y de mi independencia financiera.
La vida no se vuelve más difícil únicamente por lo que ocurre. También por las historias que nos contamos sobre lo que ocurre. No necesitamos una vida perfecta. Necesitamos una mente capaz de permanecer tranquila dentro de una vida imperfecta.
El arte de bajar la velocidad
Durante 25 años he dado conferencias y hecho mentorings sobre liderazgo personal. Y aun así muchas veces he sido incapaz de aplicarlo para mi. Soy ese conferencista que dice que hay que disfrutar las pausas…y almuerza en diez minutos en su oficina. El que habla de guardar el mapa y disfrutar el viaje, mientras está pensando en su siguiente desafío. Lo disfrazo de responsabilidad y prudencia. También soy una persona de fe. Y, sin embargo, a veces rezo en automático. Llego tarde a misa. Me distraigo.
Y me cuestiono si eso me convierte en un incoherente. Y la verdad es que no lo creo. Entiendo a la coherencia como una lucha diaria, en caer, darse cuenta y volverse a parar para volver al camino correcto.
Durante muchos años pensé que llegar agotado a la cama era una señal de éxito. Si terminaba el día exhausto, asumía que había sido productivo. Sentía culpa por descansar. Como si descansar fuera una forma elegante de perder el tiempo. Si mi agenda estaba llena, sentía que avanzaba. Si no tenía tiempo, me sentía importante. Confundí agotamiento con productividad. Y tardé demasiado en descubrir que el agotamiento también destruye cosas. Destruye conversaciones. Destruye amistades. Destruye matrimonios. Destruye la capacidad de disfrutar.
Los mejores párrafos los escribo cuando disfruto la vida. Dentro de mi, vive un directivo que es prisionero de una agenda. Siempre hay una meta a futuro que me impide vivir el presente. Mi mejor versión no es la más productiva. Es la más presente. Esto, por supuesto, no significa trabajar poco ni a medias. Ni renunciar a la ambición. Ni vivir sin metas. Me sigue apasionando mi trabajo. Pero entendí que las ambiciones también tienen que ser sostenibles. Porque una vida “exitosa” durante cinco años no compensa una vida desequilibrada durante cincuenta.
Hoy pienso que vivir corriendo es acelerar la muerte. Veo muchas personas con una agenda “admirable” ante los ojos de los demás y una vida interior abandonada. Mucha gente con la billetera llena y el alma vacía. Y he descubierto que la productividad no depende tanto de trabajar más horas, sino de poner más sentido en lo que hacemos.
A esta edad, ya no quiero “gestionar” mejor el tiempo. Quiero relacionarme mejor con él. Ya no quiero exprimir cada minuto. Quiero saborearlo. Llegará un día en que mi verdadera riqueza serán mis recuerdos, mi libertad para usar mi tiempo como quiera y mi legado. Sospecho que nadie recordará cuantos proyectos saqué adelante, sino cuanto le sumé a su vida.
De grande quiero ser niño
Curiosamente, mientras más años cumplo, más extraño algunas cosas de cuando tenía diez años. A esa edad mi principal preocupación era saber si ganábamos el partido en el campeonato de fútbol con el colegio el fin de semana.
Me encantaría volver a esa edad. No por la energía, ni por la falta de responsabilidades. Me encantaría vivir a esa edad con la sabiduría que tengo hoy. Pero como eso es imposible, me conformo con algo mejor. Intentar vivir esta edad con algunas de las virtudes que tenía entonces. Menos complicaciones. Menos problemas imaginarios. Menos miedo al futuro. Porque de niño no vivía pendiente de todas las cosas que podían derrumbarse. Vivía. Y punto.
Hoy sigo siendo un aprendiz, con muchos defectos, sigo acelerándome cuando no debería, creyendo que puedo hacer más cosas de las que caben en una semana. Pero también tengo más paz, más perspectiva, más misericordia conmigo mismo. Y más claro qué quiero hacer con los años que me quedan. No solo quiero producir más. Quiero hablar y escribir mejor, estar más tiempo con quienes más quiero. Ayudar más. Acercarme más a Dios, leer los libros que compulsivamente compro para leer cuando tenga tiempo. Y seguir aprendiendo el arte que nunca me enseñaron en la universidad: el arte de vivir.
Siempre puedes volver a lo que te hacía feliz. Y es que quizá crecer consiste en recuperar lo mejor del niño que fuiste. Ese que no necesitaba controlar el tiempo para disfrutar la vida, que no tenía el ansia de tener asegurado el mañana ni la sensación de culpabilidad por nunca terminar. Que caminaba ligero de equipaje y ligero de corazón. Que vivía sin el anhelo de que nada importante podría escaparse de su control, que no tenía la necesidad de controlar los resultados y de tener siempre un plan alternativo ni el deseo de que Dios actúe de acuerdo a sus tiempos y no le cambie sus planes.
No es casualidad que Arthur Brooks sostenga que la felicidad vuelve a crecer después de los 50. Quizá porque dejamos de perseguir tanto y empezamos a comprender mejor. Y, curiosamente, estoy empezando a salir de los 40s. La edad del workaholismo, de las prisas, del estrés permanente, del afán de protagonismo profesional.
Me obsesioné con el reloj y olvidé la brújula
La brújula fue inventada antes que el reloj. Porque la dirección es más importante que el tiempo.
No necesito más tiempo. Necesito usar mejor el que tengo. Necesito dejar de regalar horas a cosas que ni siquiera recordaré dentro de un año. Necesito construir futuras memorias y no futuros arrepentimientos, más recuerdos y menos preocupaciones..
He vivido demasiados años con el pie en el acelerador. Pero a los 51 años quiero intentar algo distinto. Mi gran reto para los próximos años es desmontar esa vieja obsesión por el tiempo. Dejar de vivir a 200 por hora. Entender que la vida no es cantidad. Es calidad. Que la vida no es una agenda que optimizar, ni una lista interminable de tareas. Lo mejor que me ha pasado nunca estuvo en un plan estratégico. Estuvo en una conversación. En una amistad. En una canción. En una mesa familiar. En una carcajada. En una oración. En un abrazo.
Siempre habrá motivos para estar alterado y apurado. Siempre habrá una meta futura que intentará robarte el presente. Siempre habrá algo más que hacer. Pero empiezo a sospechar que la madurez consiste en aprender a distinguir entre lo urgente y lo importante.
A los 51 quiero llegar menos veces primero y más veces en paz. Quiero cambiar velocidad por dirección. Quiero seguir trabajando duro, pero sin olvidar por qué trabajo.
Luego de medio siglo con el pie en el acelerador he descubierto que la vida no premia al que más corre sino al que llega a los lugares correctos. Y para eso no basta con mirar el reloj. Hay que volver a mirar la brújula.
¿Vamos por ello?

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