Turismo y seguridad: la lección que Perú puede aprender de El Salvador
Existe una relación que la actividad turística ha confirmado una y otra vez en distintos países del mundo: cuando aumenta la percepción de seguridad, aumenta también el interés por visitarlos. Los viajeros pueden sentirse atraídos por la cultura, la naturaleza o la gastronomía de un destino, pero difícilmente elegirán un lugar donde consideran que su integridad está en riesgo.
El caso reciente de El Salvador resulta particularmente ilustrativo. Según datos difundidos por Tourinews, el país cerró 2025 con más de cuatro millones de turistas y proyecta acercarse a los cinco millones en 2026, consolidándose como uno de los destinos con mayor crecimiento de Centroamérica. Aunque diversos factores ayudan a explicar este desempeño, resulta difícil ignorar uno de los elementos que más ha transformado su imagen internacional en los últimos años: la mejora en la percepción de seguridad.
Durante décadas, El Salvador estuvo asociado en los medios internacionales a elevados niveles de violencia, criminalidad e inseguridad. Como ocurre con muchos destinos, esa percepción de riesgo terminó afectando directamente la decisión de viaje de millones de potenciales visitantes. Sin embargo, cuando dicha percepción comenzó a cambiar, también empezó a modificarse el interés turístico hacia el destino.
Sería simplista afirmar que el crecimiento turístico de El Salvador responde exclusivamente a la mejora en la seguridad. Como ocurre en cualquier destino, también influyen variables como la promoción turística, la inversión privada, la conectividad aérea, el fortalecimiento de la marca país y el desarrollo de nuevos productos turísticos. Sin embargo, resulta difícil encontrar otro factor que haya transformado de manera tan significativa la imagen internacional del país en un período relativamente corto. La seguridad no explica todo el crecimiento, pero sí parece haber creado las condiciones necesarias para que dicho crecimiento ocurra.
Desde la perspectiva de la gestión turística, este fenómeno no resulta sorprendente. Los turistas no consumen únicamente atractivos turísticos. Consumen tranquilidad, confianza y certidumbre. Antes de elegir un destino, los viajeros suelen hacerse una pregunta muy simple: ¿es seguro viajar allí? La respuesta a esa pregunta puede tener más impacto que cualquier campaña de promoción.
Podemos tener paisajes espectaculares, una gastronomía reconocida internacionalmente, una rica herencia cultural o una infraestructura hotelera de primer nivel. Sin embargo, si el visitante percibe que existe un riesgo significativo para su seguridad, probablemente optará por otro destino. En turismo, la percepción suele ser tan importante como la realidad.
Por ello, la seguridad ciudadana no debería ser considerada únicamente una responsabilidad de las autoridades encargadas del orden público. También es una variable estratégica para la competitividad de los destinos y para el desarrollo económico de un país.
Cuando un destino logra reducir la delincuencia y transmitir una sensación de seguridad, los beneficios se multiplican rápidamente. Se incrementa la llegada de turistas, aumenta la inversión privada, se generan nuevas rutas aéreas, se amplía la oferta hotelera y se crean oportunidades para miles de emprendedores vinculados al sector. El círculo virtuoso comienza con una condición básica: que las personas se sientan seguras.
Pero los beneficios trascienden al propio sector turístico. Cada turista adicional no solo genera ingresos para hoteles, agencias de viajes o aerolíneas. También dinamiza restaurantes, servicios de transporte, actividades culturales, comercio local, artesanía, agricultura y una amplia red de pequeñas y medianas empresas que participan directa o indirectamente en la experiencia turística. Por ello, cuando un país mejora su percepción de seguridad, no solo se vuelve más atractivo para los visitantes; también fortalece oportunidades de empleo, inversión y desarrollo económico en numerosos territorios.
El caso salvadoreño permite reflexionar sobre una realidad que enfrenta actualmente Perú. Nuestro país posee algunos de los recursos turísticos más asombrosos del mundo. Machu Picchu, la Amazonía, la gastronomía, las culturas vivas, los paisajes andinos y la diversidad natural continúan despertando un enorme interés internacional. Sin embargo, en los últimos años, la inseguridad ciudadana ha comenzado a ocupar un espacio cada vez más visible en las conversaciones cotidianas, en los medios de comunicación y en la percepción de residentes y visitantes.
La pregunta que deberíamos hacernos es sencilla: ¿qué ocurriría con el turismo peruano si lográramos reducir significativamente la inseguridad ciudadana?
Probablemente observaríamos efectos muy similares a los que experimentan otros destinos cuando mejoran sus condiciones de seguridad. Más turistas internacionales se animarían a visitar el país. Los viajeros nacionales recorrerían con mayor frecuencia distintas regiones. Las inversiones en turismo aumentarían. Los eventos internacionales encontrarían un entorno más favorable para desarrollarse. Incluso la reputación internacional del Perú se vería fortalecida.
Muchas veces buscamos la solución exclusivamente en mayores presupuestos de promoción turística. Sin embargo, quizás una de las campañas de marketing más efectivas que podríamos desarrollar sería construir ciudades, carreteras y espacios públicos donde residentes y visitantes se sientan protegidos. Porque la seguridad genera confianza. Y la confianza genera viajes.
Desde la gestión de servicios existe una premisa fundamental: la experiencia del cliente depende de todos los puntos de contacto. En turismo ocurre exactamente lo mismo. El visitante evalúa la experiencia completa, desde que sale del aeropuerto hasta que regresa a su casa. Si durante su estadía percibe orden, tranquilidad y seguridad, su satisfacción aumenta y la probabilidad de recomendar el destino se multiplica.
La mejor publicidad sigue siendo la recomendación de un visitante satisfecho. Por ello, el debate sobre la seguridad ciudadana no debería limitarse al ámbito policial o político. También es una discusión sobre competitividad, desarrollo territorial y crecimiento económico. Cada avance en seguridad representa una mejora potencial para la experiencia turística, pero también una oportunidad para generar empleo, atraer inversión y dinamizar las economías locales.
El Salvador está demostrando cómo una transformación en la percepción de seguridad puede acelerar el crecimiento de un destino. Perú cuenta con recursos turísticos extraordinarios, una diversidad cultural única y un reconocimiento internacional construido durante décadas. La oportunidad existe y no deberíamos desaprovecharla. Cada avance en materia de seguridad no solo mejora la calidad de vida de los ciudadanos, sino que también fortalece la confianza de quienes evalúan visitarnos.
La pregunta es si seremos capaces de comprender que la seguridad no es solamente un derecho ciudadano ni una responsabilidad exclusiva de las autoridades. También es uno de los activos más valiosos para fortalecer la competitividad turística, atraer inversiones y generar oportunidades de desarrollo en todo el territorio. Al final, los turistas visitan aquellos lugares que les inspiran admiración, pero regresan y los recomiendan cuando también les transmiten confianza. Y pocas cosas construyen más confianza que sentirse seguros.

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